En su viaje de vuelta de Tierra Santa el Papa ha afirmado que los abusos a menores son una especie de misa negra (sic). También, que  la Iglesia aplica la tolerancia cero para estos casos.

Los abusos se dan más, aunque no exclusivamente, en situaciones de pobreza y domicilios sin compartimentar. Los perpetran generalmente adultos autoritarios. Se producen más dentro de las familias que en la escuela, la parroquia o los ambientes deportivos. En muchos casos se trata de incestos de padres no biológicos. Los varones abusan físicamente más que las mujeres (en un 80%) aunque ellas pueden ser verdaderas depredadoras psicológicas. La mayor parte de abusadores son personalidades manipuladoras, que disimulan bien su vicio y que se sienten inocentes. Presentan rasgos compulsivos que disfrazan todo lo que pueden.

La pobre víctima cae en el silencio, la vergüenza propia (a veces por “sentir placer” por las galanterías del adulto), el sufrimiento (posibles castigos) y un fuerte sentido de culpabilidad (tabú sexual, por el secreto impuesto por el abusador y por impotencia). Algunos se lavan a menudo como queriendo desprenderse de la carga infecta que llevan encima.

Un factor añadido de dolor es que si “hablan” ello puede cambiar la situación familiar (divorcio, separación, cambio de domicilio, pérdida de alimentos, hermanos o juegos) y no pueden soportar esa culpabilidad.

Otro elemento atroz es el llamado “secreto del secreto”: vergüenza por haber sentido algún “placer” o por haber tenido un derrame de semen…

Algunas víctimas caen en el llamado “ciclo infernal”: abusos-vergüenza-depresión-alcoholismo/drogas-suicidio. También hay víctimas en las siguientes generaciones. Son las consecuencias transgeneracionales que afligen a hijos o nietos de víctimas que en algún caso se vuelven abusadores y que en muchos casos sufren diversas dolencias psíquicas.

En el tratamiento de las víctimas hay que abordar el gran estrés postraumático que presentan (similar al de los soldados que vuelven de la guerra) o flashbacks que ponen en presente todo lo sufrido. Muchos presentan “disociación”, es decir, la negativa consciente a acordarse y una incapacidad de integrar lo sucedido.

Un buen psicoterapeuta los trata con respeto, ganándose sabia y delicadamente su confianza, con tiempo, insistiéndoles en que, aunque estuvieron en el origen del proceso, no son en absoluto responsables del mismo. Ni en la más mínima parte. La defensa de los pobrecillos es no confiar en nadie y la empatía con ellos costará. Y costará mucho que sientan el sano placer sexual con sus cónyuges legítimos. Será difícil que se “perdonen” o que perdonen. El olvido absoluto no será positivo pero podrán llegar a vivir con cierta tranquilidad si son ayudados con tesón. Los fármacos contra la ansiedad, la depresión o el insomnio pueden estar indicados.

Es importante en las primeras fases no pretender que asocien sus terribles sufrimientos a los de Cristo en la Cruz. Muchos se sienten abandonados por Dios y su proceso de curación llevará tiempo y sin duda también encontrará espacio para llevar paz a sus almas.

Las instituciones internacionales, las iglesias y los estados deberían facilitar más y mejores recursos para luchar contra esta lacra en aumento donde el inocente sufre aislado durante años. No podemos permitir ni un caso más.

COMITÉ «AD HOC» DE LA FIAMC EN LENGUA ESPAÑOLA

27 de mayo de 2014

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http://www.fiamc.org/bioethics/abuse-of-minors/