EL GRAN MILAGRO NO ES MULTIPLICAR SINO REPARTIR

Llamamos milagro a aquello que pareciendo imposible se consigue. Hacer lo posible es cuestión de voluntad; conseguir lo imposible reclama una ayuda especial de Dios a la voluntad del hombre. El Evangelio de Juan nos narra un milagro muy popular: «la multiplicación de los panes y de los peces» (cf. Jn 6,1-15).

Jesús es seguido por una multitud que ha presenciado los signos que hacía con los enfermos. Una multitud hambrienta de su Palabra y que también está hambrienta de pan. Y el Maestro, al ver el hambre material que soportan, comparte su preocupación con los discípulos: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». Dos respuestas recibe el Maestro: Felipe le intenta hacer razonar fríamente: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo». O sea: ¡es imposible! Pero Andrés le abre al milagro sugiriendo al Maestro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces», y, bajando a su lógica, piensa en alto: «pero ¿qué es eso para tantos?». El desenlace del milagro lo sabemos: Jesús bendice el pan y los peces que le ofreció el muchacho y comienza a repartirlos, multiplicados, entre los más allegados y estos lo llevan a la multitud: ¡solo los hombres eran más de cinco mil! El Evangelio levanta acta del desenlace: «Cuando se saciaron, recogieron doce canastos con las sobras». En una primera mirada parece un milagro más, incluso espectacular: con unos pocos panes y unos peces comen más de cinco mil. Provoca admiración e, incluso, esta facilidad para dar de comer hace que le quieran proclamar rey. Pero Jesús huye del espectáculo y «se retiró a la montaña, a solas, a orar».

Detrás de lo espectacular del hecho de la multiplicación hay otro milagro escondido: Jesús ha querido necesitar de «lo poco»: cinco panes y dos peces ofrecidos por la generosidad del joven, para conseguir «lo mucho»: que coma una multitud. Jesús no ha querido iniciar su milagro de la nada sino multiplicar la generosidad ofrecida por el muchacho. El milagro oculto de este relato es la generosidad del joven que Jesús multiplica para dar de comer a la muchedumbre hambrienta y el efecto grandioso de que «todos comieron y se saciaron» y «sobraron doce canastos». No solo se multiplicó «lo poco» sino que se repartió con generosidad «lo mucho». El milagro no es que se multiplicaran los panes y los peces. El auténtico milagro es el reparto: todos comieron y sobró. Este es el prodigio que Jesús nos ofrece como enseñanza: descubrir la necesidad del otro y compartir con él, incluso lo poco que tengo. La solidaridad es el milagro.

Este milagro puede ser un paradigma para interpretar la situación del hambre en nuestro mundo y una clave de discernimiento para proponer salidas y soluciones. También en la actualidad hay una ingente multitud hambrienta. En el año 2017, las cifras que se manejaban de los que no tenían nada que llevarse a la boca ascendían a alrededor de ochocientos veinte millones de hermanos nuestros. Una verdadera locura. Son números que deberían hacernos sonrojar. Una infinidad de personas, entre ellas muchos niños, carecen de lo más mínimo para subsistir. Son muchos los hambrientos que observan atónitos el despilfarro de la sociedad de la abundancia. Podemos preguntarnos: ¿hay solución? Y nuestra primera reacción es alinearnos con Felipe y pensar: «¡Ni con millones podemos calmar el hambre!». Incluso, con más realismo, decir: «Sí, podemos dar hoy de comer, pero ¿y mañana?».

Sin embargo, hay otra posibilidad: de la mano de Andrés, ponernos del lado del muchacho y ofrecer algo de lo nuestro, aunque sea poco. El milagro que Jesús reclama no es que multipliquemos nosotros el pan, sino que ofrezcamos nuestra voluntad de compartir lo que tenemos. Si el centro del Evangelio es el amor, ello exige compartir: amar es, también, compartir. Es un deber de justicia. No se puede entender que convivan el hambre y la abundancia. Y, con dolor hemos de confesarlo, que en nuestros días se da esta paradoja. Lo puso de manifiesto el Papa Francisco el pasado 18 de enero en la celebración de las Vísperas al inicio del Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos: “Cuando la sociedad ya no tiene como fundamento el principio de la solidaridad y el bien común, se produce el escándalo de ver a personas que viven en la pobreza extrema junto a rascacielos, hoteles imponentes y lujosos centros comerciales, símbolos de inmensa riqueza”.

¿Cuál hubiera sido el desenlace del milagro si el joven hubiera escondido sus panes y sus peces? Ante el dolor ajeno, lo más fácil es evadirse, escurrir el bulto, pensar que ya habrá alguien que se ocupará de solucionar el problema. Lo más fácil es contemplar el hambre de los demás desde la comodidad de nuestra satisfacción y señalando con el dedo de la crítica cómoda la culpabilidad de los otros: corrupción, robos solapados, desfalcos, quedarse con el dinero público, estafas, fraudes… Pero no podemos ser simples espectadores. No podemos mirar la vida desde un balcón, como el que va al cine y ve la película desde su asiento, contemplando en una pantalla el sufrimiento ajeno mientras come tranquilamente palomitas. El cristiano hoy tiene que comprometerse, ofrecer alternativas: sacar del zurrón del egoísmo sus panes y peces para compartirlos. Cuando ofrecemos lo poco que tenemos, Dios se encarga de multiplicarlo para que llegue a la multitud. La multiplicación es un signo del amor de Dios; su distribución a todos, un gesto de justicia. Amor y justicia se reclaman, siendo la segunda el mejor fruto del primero.

El milagro de la multiplicación de los panes es una llamada a una vuelta a valores humanos y religiosos, que haga fácil el milagro que parece imposible: una sociedad donde no solo se produzca más sino en la que se reparta mejor. El milagro que Jesús realizó en Galilea necesita ser actualizado. Hace falta producir pan, pero sobre todo es urgente repartirlo bien: con amor y justicia. El poder del hombre ha crecido tanto que nos admira. Pero, sin embargo, ese mismo poder nos denuncia que, con frecuencia, no se emplea correctamente… En pleno siglo XXI hemos sido capaces de aventurarnos en lejanos viajes espaciales, hemos logrado romper el átomo en miles de partículas, conseguimos comunicarnos al instante, pero no alcanzamos a erradicar la lacra del hambre. Avanzamos en ciencia y menguamos en humanidad. Crece la técnica y se enfría la solidaridad. Somos capaces de multiplicar tantos bienes, pero no somos tan valientes como para atrevernos a hacer justicia al oprimido repartiendo, compartiendo.

Fijémonos en el pequeño detalle del muchacho que ofrece sus panes y sus peces. En este sencillo gesto descubrimos un patrón de comportamiento. Dejémonos, al respecto, iluminar por esta hermosa reflexión del Papa Francisco en su Carta encíclica Laudato si´: «La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que menos es más. La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento… La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres» (Laudato si´, 222).

Sí, el gesto de aquel joven es un ejemplo luminoso de que «menos es más»; al ofrecer el muchacho «lo poco» que tenía, consiguió forzar el milagro del «más»: el pequeño gesto de amor del joven, compartiendo sus pocos panes y escasos peces, ha movido la compasión divina de Jesús, que le empuja a realizar un milagro portentoso: aliviar el hambre de la multitud. El detalle de la invitación a recoger lo que sobró es también una llamada a evitar cualquier despilfarro. Hoy se desperdicia, se tira mucho: comida, ropa, etc. Es imprescindible educar en otro sentido. Por eso es importante escuchar al Obispo de Roma, cuando nos dice: «Si una persona, aunque la propia economía le permita consumir y gastar más, habitualmente se abriga un poco en lugar de encender la calefacción, se supone que ha incorporado convicciones y sentimientos favorables al cuidado del ambiente. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. La educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos comportamientos que tienen una incidencia directa e importante en el cuidado del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, o apagar las luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano. El hecho de reutilizar algo en lugar de desecharlo rápidamente, a partir de profundas motivaciones, puede ser un acto de amor que exprese nuestra propia dignidad. No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente. Además, el desarrollo de estos comportamientos nos devuelve el sentimiento de la propia dignidad, nos lleva a una mayor profundidad vital, nos permite experimentar que vale la pena pasar por este mundo» (Laudato si´, 211-212).

El pasaje del evangelio de san Juan, que estamos comentando, prosigue con la propuesta de otro gran milagro (cf. Jn 6, 25-59). El hombre es algo más que simple estómago: “No solo de pan vive el hombre”. En nosotros anida la imagen de Dios: somos hijos del Padre, redimidos por el sacrificio de su Hijo y guiados por la luz del Espíritu Santo. Nuestro cuerpo es morada mortal de algo incorruptible, que peregrinando en la vida aspira al Reino eterno. Y esta «otra dimensión de lo humano», la dimensión divina, también necesita de alimento: si el hombre quiere vivir como persona, deberá alimentar su espíritu para que su cuerpo pueda ser, como dice el poeta, «una posada amable». Y de este «otro alimento», habla Jesús en la sinagoga de Cafarnaún: “Yo soy el pan de vida… el que viene a mí no tendrá hambre…” (Jn 6,35). La unión con Jesús, expresada en los sacramentos y la oración personal, la íntima relación con Dios que nos hace sentirnos hijos y hermanos, vivir la grandeza de la fe que empuja la esperanza y florece en caridad, es «otro alimento que sacia otra hambre».

Jesús, después de multiplicar el pan, ofrece otro alimento oculto que robustece el espíritu y nos da fuerza y energía para el camino peregrinante de la vida. Es un alimento que nos promete la vida eterna: «el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51). Este «otro alimento» que nos ofrece Jesús, su propio cuerpo, moviliza la caridad de los pequeños gestos que promueven grandes milagros. En la multiplicación de los panes, atisbamos otro alimento, la Eucaristía. Pero, a su vez, la Eucaristía celebrada siempre nos debe llevar a los pequeños gestos de ofrecer mis pocos panes para repartir con el que no tiene. Y con esto estamos diciendo, y ojalá no lo olvidemos nunca, que Dios hace milagros. También hoy, pero espera nuestra generosa colaboración. Un aportar sencillo y humilde, sin alardes y con constancia.

El mundo está precisando tu mano abierta, dispuesta a ayudar. Los pobres, los que tienen hambre, los que viven en la cuneta de la vida, postergados, la están esperando. Hoy tu generosidad es necesaria; tu colaboración, urgente. Comencemos ya. Hay mucho que hacer, muchos hambrientos que saciar.

Mons. Fernando Chica Arellano

Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

(Publicado en Revista 21, abril de 2019)

Foto: Vatican News