André Frossard, a sus veinte años, tuvo una vivencia que marcará su vida. Como hijo de un alto dirigente de Partido Comunista de Francia, a lo largo de su infancia y juventud había sido educado en el más perfecto ateísmo: “Éramos ateos perfectos, de ésos que ni se preguntan por su ateísmo (…). Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquél que ni siquiera se planteaba el problema” (André Frossard, “Dios existe. Yo me lo encontré”, traducción, Madrid 2024, página 32). Y prosigue: “Los últimos militantes anticlericales (…) nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita Roja” (Ibídem).
“¿Necesito decir que no estaba bautizado? (…) Mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los 20 años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una” (P. 43). Con todo, se tenía una cierta benevolencia hacia Jesús (como hombre) y afirmaban que si él volviese no se le vería en la iglesia, sino más bien en la comisaría con los deshechos del orden establecido. Creían que el evangelio sin sus aspectos místicos podía ser una introducción al socialismo (P. 98). El colectivismo era una suerte de religión, una mística y una cierta forma impersonal de inmortalidad, pues se había abandonado todo a la colectividad. (P. 99)
Pese a prescindir de Dios, André no dejó de realizar algunos actos de virtud: Así, en su adolescencia un día en que iba a la busca de una prostituta se encontró con un pobre que le impresionó tanto que el fajo de billetes destinado a aquélla acabó en el bolsillo del pobre (P. 114), aunque comenta: “no siempre habrá pobres para detenerme en el mal camino” (P. 115).
Un buen día, esperaba a un amigo que había entrado en una iglesia en París y como tardaba entró en su busca a la iglesia. No estuvo más que cinco minutos. Pero fue suficiente para que oyera, más allá de los oídos, una voz que decía “vida espiritual”. Y, a continuación, percibió en sus propias palabras: (Pgs. 155-156): “Es un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible (un grado más me aniquilaría) y más bien azul; un mundo, un mundo distinto, de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de Aquél mismo a quien yo habría negado un momento antes, a quien los cristianos llaman “Padre nuestro” y del que me doy cuenta que es dulce; con una dulzura semejante a ninguna otra, que no es la cualidad pasiva que se designa a veces con ese nombre, sino una dulzura que quiebra, que excede a toda violencia, capaz de hacer que estalle la piedra más dura, y, más duro que la piedra, el corazón humano.”
Y esta irrupción “se acompaña de una alegría que no es sino la exultación del salvado, la alegría del náufrago recogido a tiempo (…)” (P. 156). Y prosigue: “Al mismo tiempo me ha sido dada una familia, que es la Iglesia, que tiene a su cargo conducirme a donde haga falta que vaya” (P. 157).
Y esta inspiración deja paso a un amor personal suyo hacia esa realidad insospechada: “por la presencia (…) de Aquél, cuyo nombre jamás podría escribir sin que me viniere el temor de herir su ternura, ante Quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo”. (P. 157).
Y cuando se reencuentra con su amigo, le dice que es católico y, ante su estupefacción, apostilla “apostólico y romano”. “Dios existe y todo es verdad”. Luego, cuando un sacerdote le instruía en la fe, esperaba lo que oyó y lo recibió con alegría. Una sola cosa le sorprendió, la Eucaristía. “Y no es que me pareciera increíble, pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse”. (P. 161)
“Colmado así de bendiciones, creí que mi vida sería una Navidad que no acabaría” (P. 163). Pero las personas de experiencia en que confiaba le advirtieron que ese estado de privilegio tendría un fin y que “las leyes del crecimiento espiritual eran iguales para todo el mundo”. “Tenían razón”, “y hubo un viernes santo y un sábado santo”, “dos veces tomé el camino del cementerio” (alude a la muerte de sus hijos), “he vivido con esa lanza en mi pecho y sabiendo que Dios es amor”. Y termina el libro ansiando el encuentro con Dios, ese Dios entrevisto: “Amor, para llamarte así, la eternidad será corta”.
Javier Garralda Alonso
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