Es difícil para mí, como médico clínico, reflexionar sobre el sufrimiento para y junto con otros colegas, tanto médicos como otros profesionales de la salud. Más allá de nuestro quehacer médico, las y los profesionales de la salud no somos simples proveedores de atención: como a todos, el sufrimiento nos alcanza en nuestra propia persona o a través de nuestros seres queridos. Para nadie es ajeno, muchas veces por alguna muy dolorosa experiencia, el hecho de que el sufrimiento de alguien a quien amamos sea quizá aún más difícil y enigmático que el propio. Todos atravesamos el sufrimiento. Todos lo acompañamos en algún momento. Y las y los profesionales de la salud lo debemos acompañar no solo con nuestros conocimientos y habilidades, sino también con nuestra empatía y, seamos o no religiosos, con nuestra espiritualidad. He elegido el texto Salvifici Doloris de Juan Pablo II para traer algunas de sus ideas a nuestra práctica clínica cotidiana.

Lo incomprensible: Dios permite el sufrimiento

La confrontación de la idea de un Dios creador que nos ama con nuestra realidad del sufrimiento es una muy antigua pero siempre presente paradoja: si Dios es bueno, ¿no debería acaso impedir el dolor? Nuestra dolorosa constatación es que no lo hace. La duda entra al corazón, y desde ahí duele, a veces incluso amarga. Nace la tentación existencial de dudar: ¿es que acaso no hay tal Dios o, peor aún: no le importa? 

Hay una verdad, fácil de enunciar pero difícil de interiorizar, que contiene el texto de Juan Pablo II: Dios no quiere el sufrimiento, pero tampoco nos lo evita. De alguna manera, algo que no está en la voluntad de Dios, acontece.

Podría decirse que el dolor sí es algo que está en el plan de Dios: es un fenómeno biológico útil, un mecanismo que nos permite detectar el daño para limitarlo y repararlo. Un sistema biológico de alarma extendido en mamíferos, aves, reptiles y peces, con quienes compartimos estructuras cerebrales que nos permiten procesar el dolor. Incluso invertebrados simples tienen nocicepción, es decir, responden frente a estímulos nocivos, aunque hay debate en cómo es en ellos la experiencia de dolor. 

Pero el sufrimiento no es simplemente la experiencia del dolor. “Obviamente el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda, si no encuentra una respuesta satisfactoria”. (SD 9). Sufrir tiene que ver con el sentido, la soledad, el límite y la pregunta que no se responde. “El sufrimiento es algo más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez más profundamente enraizado en la humanidad misma” (SD 5). El dolor se puede combatir con la ciencia, hoy tenemos a nuestra disposición un amplio arsenal para mitigarlo: fármacos analgésicos, procedimientos de bloqueo sensitivo, terapias psicoconductuales, etc. Pero frente al sufrimiento, la medicina, nuestros analgésicos y nuestras técnicas, no alcanzan del todo.

Dios no quiere el sufrimiento, pero lo permite. En la Biblia, el libro de Job hace eco de la experiencia del sufrimiento. Job sufre pérdidas, enfermedad, muerte de seres queridos, y todo esto lo lleva a la experiencia espiritual límite: “asco tiene mi alma de mi vida (…) hablaré en la amargura de mi alma” (Jb 10, 1). Las palabras de Job encarnan la experiencia de sufrimiento e interpelan a Dios con crisis y angustia: “grito hacia ti y tú no me respondes, me presento y no me haces caso” (Jb 30, 20). 

Los amigos de Job tratan de hacer de Dios el responsable del sufrimiento, lo relacionan con un castigo justo (Jb 22, 5) e incluso lo invitan a aceptar el sufrimiento como una corrección de Dios (Jb 5, 17). Pero Dios dice que estas explicaciones no son correctas: “no han hablado bien de mí” (Jb 42, 7). Dios no es la fuente del sufrimiento (ni como prueba ni como castigo). Juan Pablo II lo dice en términos profundos: “el mal del sufrimiento está presente en el mundo como consecuencia del pecado” (SD 15). Esto es lenguaje teológico que vale la pena detenerse a analizar. Lo que el texto no está diciendo es que el sufrimiento sea un “castigo” por el pecado. Es una manera teológica de decir que el sufrimiento no es la voluntad de Dios, sino que surge de una condición que no forma parte de su plan para nosotros, sino de una distorsión de la naturaleza, a la que teológicamente se le ha llamado “naturaleza caída”, un concepto teológicamente denso que está relacionado con el pecado original. Desde la trinchera clínica, en la cabecera del enfermo o padeciendo nosotros mismos la enfermedad, entender que Dios no quiere el sufrimiento no lo hace menos desconcertante. Nuestra oración se vuelve cómo la de Job: ¿dónde está ahora Dios? “Si voy hacia el oriente, no está allí; si al occidente, no le advierto. Cuando le busco al norte, no aparece, y tampoco le veo si vuelvo al mediodía” (Jb 23, 8-9).

Esperanza es saber que Dios responde… aunque no explique

Uno podría esperar de Dios o de la teología una respuesta clara, un porqué al misterio del sufrimiento. Pero Dios no responde así. Cuando le habla a Job (Jb 38-41), no explica el sufrimiento, no dice que hubiera alguna razón misteriosa, ni dice que fuera necesario. La respuesta de Dios no explica, pero tampoco permanece indiferente. La respuesta de Dios es que él sostiene al mundo, y puede entenderse que en medio de él, también sostiene a Job, con su sufrimiento.

Pero la respuesta suprema de Dios viene después. Para el cristianismo, Dios responde frente al misterio del sufrimiento de una forma profundamente trascendente, ontológica: responde con su propio ser. Entrando a la experiencia humana del dolor. “Cristo se ha acercado al mundo del sufrimiento humano… asumiéndolo en sí mismo” (SD 16). Dios no resuelve el misterio desde fuera. Lo atraviesa. Y esto cambia el lugar desde dónde mirar todo. El sufrimiento deja de ser un lugar vacío, una pregunta por el sinsentido, y se convierte en redención: “en la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido” (SD 19). El sufrimiento es un mal que ha sido redimido. Nada —ni siquiera lo que no debería ser, como el sufrimiento— queda fuera de la acción de Dios. Y entonces el sufrimiento no es solo algo que nos pasa inevitablemente, sino el lugar donde Dios mismo ha estado.

Redimir el sufrimiento no significa quitarlo. Es, más bien, dotarlo de sentido. Incluso cuando parece no haber consuelo, Dios está. No de una forma tranquilizadora, sino esperanzadora. Al atravesar el sufrimiento con perseverancia, “el hombre hacer brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará de su propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida”. Las dos palabras clave son: dignidad y sentido. La dignidad no se agota en la enfermedad, ni queda definida por su límite. Y el sentido no se impone, ni se entiende como una explicación fácil o inmediata. No es una respuesta que se posea, ni una idea que ordene el dolor. No cambia la dimensión negativa del sufrimiento. El sentido se asume como una posibilidad que se abre de cara al dolor, de forma a veces casi imperceptible, en la medida en que el sufrimiento no se vive en soledad absoluta.

No estamos llamados a buscar el sufrimiento… sino a no abandonarlo

No hay que sobrevalorar el sufrimiento. No es algo que debamos buscar. Nadie está llamado a sufrir por sufrir, pero en la vida, el sufrimiento llega. El cristianismo nos llama a algo más importante, y también más exigente.

En primer lugar, estamos llamados a acompañarlo. “El buen samaritano… se detiene, se acerca, se inclina” (cf. SD 28). El samaritano no explica, resuelve lo que puede, aunque no pueda resolverlo todo. Lo realmente importante es que no huye: decide acompañar. Y esta decisión es inmensa, no por cuánto haya ayudado, sino porque elige no quedarse indiferente. Acompañar el sufrimiento, sin endurecerse ni reducir al otro, es una decisión transformadora. Y Juan Pablo II es profundamente fuerte y provocador al decir esto: “el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor” (SD 30). No porque automáticamente lo haga, sino porque abre —de forma casi violenta— la posibilidad de amar de otra manera. Pero esa posibilidad no se impone, se ofrece. Y está en cada uno de nosotros responder libremente, o no hacerlo.

En segundo lugar, estamos llamados a habitar el sufrimiento. Nuestra vocación no es sufrir, sino a experimentar que, cuando el sufrimiento llega, éste puede participar en algo más grande. “El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención” (SD 27). No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque puede unirse a Cristo. No como idea, sino como una realidad que ocurre cuando lo ofrecemos, a veces incluso sin sentir nada. Es una unión que no se forja mediante el sufrir, no se alcanza un merecimiento. Se ofrece y se acepta. Se ofrece el sufrimiento y se acepta la unión con Cristo.

Conclusión

No sé si todo esto consuela. A veces creo que no. Pero quizá no se trata de eso. Quizá se trata, más bien, de no salir de ese lugar demasiado rápido. De no cerrar lo que permanece abierto. De no abandonar —ni abandonarnos— cuando el sentido no es evidente. Vivimos ahí, en ese borde donde la medicina no alcanza y, sin embargo, alguien acompaña. Y el hecho de que alguien elija quedarse —aún con dudas, con cansancio, sin entender— dice más de lo que parece. Tal vez la fe, en este punto, no es claridad. Quizá a veces sea simplemente sostener una mano, o dejársela sostener. Quizá sea ofrecer en silencio aún sin sentir consuelo. Quizá sea orar con enojo y dolor, pero orar. Quizá sea simplemente permanecer.

Dr. José Israel León Pedroza
Profesor Investigador
Facultad de Ciencias de la Salud
Campus Sur55 56 28 88 00 Ext.649

www.anahuac.mx/mexico