LEER HOY LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

HACERSE PRÓJIMO

+ José L. Redrado, O.H.

  1. Lectura del texto de Luc.10, 25-37 – El buen samaritano.
  2. La parábola es una lección de amor.

La parábola del Buen Samaritano es una lección de misericordia, de acogida y de amor, con las siguientes notas características: darse cuenta, tener compasión, acercarse, curar, cuidar, acompañar, colaborar. La parábola del Buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento (SD. nº 28).

Jesús de Nazaret es el protagonista de la parábola, el primer samaritano, ejemplo y modelo de todos los samaritanos de la historia. Él llevó a término todos los pasos indicados en la parábola, y envió a multiplicar este servicio, envió a evangelizar-curando: “Ve y haz tú lo mismo”. A partir de entonces nacerá todo un ejército de samaritanos, un ejército de personas misericordiosas, tanto hombres como mujeres.

  1. El amor es un precepto del Señor. 

Nos lo recuerda la Parábola: amar a Dios y amar al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a ti mismo (Mt. 22,37).

¿Pero quién es mi prójimo? No es fácil, porque nos lo imaginamos siempre como alguien lejano, difícil de ver, de aceptar; el prójimo es un extranjero… Jesús contesta a la pregunta narrando una historia; es la historia de un caminante; un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue agredido, herido… Pasa un sacerdote, pasa un levita,  pero los dos pasan de largo, tienen prisa… Pasa un samaritano, se detiene, no pregunta quién es el herido, cuál es su religión, su partido, no pide la documentación, “lo vio, sintió piedad, se inclinó sobre él”, era un necesitado; ésta era la razón para detenerse. Y Jesús al doctor de la ley: “¿Quién de estos tres te parece haber sido el prójimo…?“ ”El que tuvo compasión de él”, respondió el doctor (Lc.10,36-37).

Justamente ésta es la enseñanza y el mensaje que Jesús nos da con esta parábola: que la misericordia, la compasión y la bondad son más importantes que todas las ideologías, que todos los ritos y dogmas.

La ternura, la compasión es el gesto de la madre que estrecha a su niño, es el gesto de la enfermera que cura la herida, del voluntario, del médico-prójimo, junto al enfermo.

Es la compasión de Jesús, Buen Samaritano, que cargó sobre sí todas nuestras heridas. Es la compasión y la ternura de un Juan de Dios que “cargaba sobre sí” a los enfermos, los llevaba a su hospital, les lavaba los pies y les ayudaba con afecto y con amor; el hospital era para Juan de Dios un lugar sagrado, casa de Dios, abierto a todos los pobres sin distinción. Es la ternura de un Camilo de Lellis que gritaba: “Más corazón entre las manos”.

El Samaritano de la parábola “sintió piedad”; he aquí la fuerza llena de respeto, de lucidez, de un corazón abierto del que nacen la compasión, el perdón, el amor: “romper las cadenas, compartir el pan…” (Is. 58,6-11), detenerse, escuchar la voz de la necesidad, no prestar oídos a otras voces: la comodidad, el fastidio de un herido en la carretera, la indiferencia, el egoísmo, la distracción, la prisa, tengo tanto que hacer, asuntos urgentes, no me corresponde a mí el socorrer… El Samaritano no se limita a mirar, sino que se siente requerido: tiene un gran corazón, amplio, con capacidad de acogida, de hacer gestos no rutinarios ni fríos. “Movido a compasión”; se le remueven las entrañas, su gran corazón, que no tiene miedo de amar. Un amor que no se limita a hacer, sino que es presencia, mirada, escucha, tono de voz, manera de cuidar.

  1. “Ve y haz tú lo mismo”

Hacer lo mismo, lo que hizo Jesús de Nazaret, lo que hizo Juan de Dios, lo que hicieron los santos de la Caridad: pararse, tener tiempo, disponibilidad, compasión, dedicación y amor. El amor por los pobres es lo que en la iglesia habla mejor de Dios.

“Apostar por la caridad” era el grito del Papa Juan Pablo II llamándonos a vivir una gran esperanza, al principio del 2000. Es el pensamiento del Papa Benedicto XVI cuando dice en la encíclica “Deus caritas est” que la caridad debe ser eficaz, independiente de partidos e ideologías, profesional, y que no es un medio para hacer proselitismo (nº 31). Y de nuevo el Papa Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi: “La medida de la humanidad viene dada esencialmente por la relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto vale tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y que no es capaz de contribuir mediante la compasión a lograr que el sufrimiento sea compartido y llevado también interiormente, es una sociedad cruel y deshumanizada” (Spe salvi, 38).

“Apostar por la caridad”, porque hay tantos que pasan hambre, tantos necesitados, tantos enfermos, que tienen necesidad de pan, de medicinas y de amor. Encendamos en nosotros, en la sociedad la llama del amor. Pidamos que haya menos gastos bélicos, menos despilfarro; pidamos más desarrollo “virtuoso”, esto es más dinero para la investigación, para la sanidad, para las necesidades ligadas a la vida, al crecimiento del hombre, a su bienestar. Para ello, a menudo bastaría con cambiar de un sitio a otro el dinero, las atenciones, la responsabilidad, la presencia, los recursos: de la guerra a la paz; del egoísmo a la solidaridad; del poder al servicio; del odio al amor. Pidamos una distribución equitativa y justa. Es preciso renunciar a cuanto de superfluo y de efímero engorra nuestra existencia.

Alcemos la voz en favor de los necesitados, de los enfermos, en favor de una vida digna para todos los hombres y no solo para algunos. Sí, alcemos la voz y nuestra oración como hombres y mujeres de iglesia para pedir que nuestro amor sea útil, nuestro servicio fecundo y que los pobres y los enfermos estén siempre presentes en nuestra vida.

La llave de la puerta del cielo la tienen en su mano los pobres, los enfermos, los necesitados, los marginados de la sociedad. Recordemos el examen final: tuve hambre, sed, estaba enfermo; a Mí me lo habéis hecho, dice el Señor (Mt. 25. 31-46).Lo decía también un seguidor de Juan de Dios –Benito Menni– con estas palabras: “¡cuánta gloria tendremos en el cielo por cada pobre que hayamos acogido, limpiado, asistido!”.

Y nos lo enseñó el propio Juan de Dios: “Tened caridad –decía– porque donde no hay caridad allí no está Dios. Por más que sea verdad que Dios está en todo lugar”.

Volvamos al principio: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó”. Un camino de encuentro, de vida muy diferente: un hombre es despojado, herido, una situación desagradable; y pasan un sacerdote y un levita pero pasan de largo, huyendo, sin experimentar nada. Pero un samaritano… conocemos toda la historia, la hemos recordado. Cuatro momentos, cuatro historias con diferentes respuestas. Es la historia de cada uno de nosotros, en nuestro camino de servicio: -de la sala operatoria al ambulatorio, del pasillo hacia el despacho de la administración o de urgencias- un lugar por donde paso de largo, donde pierdo el tiempo, o por el contrario es un lugar de encuentro, de bien, de ayuda.

Éste es nuestro camino de Jerusalén a Jericó, donde descubrimos la herida, la fuga o el encuentro. Pero como dice el Papa Benedicto XVI en la encíclica “Caritas in veritate”:

“El amor de Dios nos llama a salir de aquello que es limitado y no definitivo, nos da el coraje de trabajar y de perseverar en la búsqueda del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos realizar -nosotros y las autoridades políticas y los operadores económicos- sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor del bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande” (nº 78).

  1. Ensanchar el corazón

Mirarás lo que amas, decían los antiguos latinos – ubi amor, ibi oculus.

El samaritano vio al herido porque extendió su corazón, “se aproximó hasta él”. Se hizo  prójimo. Sí, es necesaria la técnica, la profesionalidad, la organización… Pero no son suficientes. El hombre necesita una atención cordial.

  • Haz lo mismo: narra con tu vida la parábola. ¿Qué tengo que ser?. Don para los demás. Ser testigo, presencia, silencio, sonrisa, esperanza, curación , sanación.
  • Haz lo mismo: aprende del enfermo, de su entorno, aprende la fragilidad; también nosotros somos “heridos”, vulnerables.
  • Haz lo mismo: crea ambiente de cercanía, sé promotor de una cultura de la gratuidad, de la entrega y del servicio.
  • Haz lo mismo: invita, ofrece, exhorta, entusiasma, abre espacios, da vida a tantas “parálisis”.
  • Haz los mismo: programa, discierne necesidades, crea; y, como Buen samaritano (Lc. 10), párate, acércate, cura… pero ¡atención! – Somos mediación, samaritanos que se acercan al herido, lo curan, lo cargan en el jumento y lo llevan a la posada…

          LO RESTANTE LO HARÁ EL SEÑOR.

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Papal Message for World Day of the Sick 2026 – F.I.A.M.C.