De Dios podemos afirmar que es el anciano más anciano de los ancianos y el más joven de los jóvenes: Del blanco de fuego de la ancianidad eterna al verde incandescente de la juventud siempre nueva: Dios eterno sin principio ni fin, alfa y omega. Y si tenemos presente que Dios es Amor, podemos, con lenguaje humano, pensar que su amor es maduro y paternal como lo sería el del anciano más entrañable y a la vez que es Amor siempre nuevo, amor torrencial y sereno como el más joven de los jóvenes.
Y cuando estaremos insertos en el Dios incandescente, participaremos de su eterna ancianidad llena de paz y de su eterna juventud rebosante de alegría: La vida sin principio ni fin de Dios derrotará a nuestra muerte, que no es sino el paso de una vida limitada a una vida sin fin.
Pero ¿existe la inmortalidad? Demos un rodeo: sentimos hambre y existe realmente el alimento que la satisface. Experimentamos sed y realmente existe el agua que la sacia. Y si en nuestra naturaleza sicológica tenemos sed de inmortalidad ¿por qué hemos de concluir que eso es una ilusión y que la inmortalidad no existe? Si es una necesidad anclada en nuestra naturaleza más bien tendríamos que afirmar hay algo que la colma y satisface.
Así el argumento de algunos ateos de que como necesitamos a Dios nos lo inventamos, aunque no exista, tiene un punto débil, ya que reconoce e identifica una necesidad innata en el hombre común y como hemos visto en la Naturaleza toda necesidad vital encuentra una realidad que la satisface, por lo que, sin pretenderlo, acercan a la creencia en Dios, ya que se dice que lo necesitamos.
Ahora bien, para participar en la infinita vida de Dios, tenemos que hablar, ya en esta vida, del idioma divino, que es el Amor. Si nos cerráramos al amor, nos excluiríamos de la vida divina, de la vida eterna: Hemos de tener amor a Dios, deseo de reposar en su infinita beatitud y amor a nuestros semejantes deseándoles ese mismo bien. Aunque nuestro rechazo concreto al amor no tiene la última palabra, ya que Dios está siempre deseando de nuevo abrirnos las `puertas de la vida eterna, vida de amor sin fin. Y Dios, en Cristo, se revela como misericordia sin límites. Ahora bien, esta misericordia cuenta con nuestra libertad para hacerse efectiva. Y así, sin que, usando nuestra libertad, la acojamos detestando el desamor en que hayamos caído, su misericordia, que es infinita, no se plasma, no actúa.
Por eso, quien no reconoce sus fallos, sus pecados, se autoexcluye de tal misericordia que actúa según que libremente la acojamos. De aquí que la mayor crueldad es negar el pecado, aunque se vista de falaz compasión, ya que el enfermo consciente de su enfermedad pondrá los medios para curarse. Pero quien no reconoce su enfermedad no hará nada para curarse y perecerá.
En cambio, si acogemos su misericordia, detestando el mal cometido, nuestra alma renace con nueva juventud y felicidad, que es participación en la inocencia siempre nueva de Dios, en su eterna juventud. Y, después de haber sido perdonados, nuestra alma revive y puede esperar participar de la juventud divina en la vida que vendrá después de ésta, que es sólo sombra de la venidera. Y ya ahora gozaremos de una paz y alegría que el mundo no puede dar.
Javier Garralda Alonso

