Hay muchos ejemplos de personas admirables que sentían una gran felicidad al ofrecerse por otras personas para padecer por ellas (Santa Teresita del Niño Jesús, Santa Jacinta de Fátima, Beato Pere Tarrés, etc.) Y esta felicidad sublime aparece como opuesta a los instintos naturales biológicos o corporales, instinto de conservación o de huida del dolor. Por tanto, estas personas dan muestra palpable de una vida que no se puede reducir a lo meramente corporal, de la vida del alma.
A veces hablamos de tener una herida en el corazón. O comentamos que el sufrimiento (o el gozo) más intenso, más que el físico, es el del corazón, que experimentamos por algo ocurrido a (o a causa de) la persona amada, familiar, novia, o novio, etc. A veces también se dice que el mayor dolor, y gozo, es el sicológico, más marcado que el meramente físico. Pero ya sea llamado corazón, sicología o alma, lo cierto es que existe en el ser humano un aspecto que no se puede reducir al cuerpo físico. Aunque siempre habrá científicos desnortados que, arrastrados por el dogma materialista que profesan, tratarán de reducir todo fenómeno humano a pura materia o pura biología.
Evidentemente, como somos también corporales en toda manifestación espiritual del hombre, habrá una correspondencia, o huella, corporal: Así, si experimentamos alegría en nuestro interior, se dibujará en nuestros labios una sonrisa, y si sentimos pena aflorarán lágrimas en nuestros ojos. Dice el Catecismo (de la Iglesia Católica) en su número 365: “La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar el alma como “forma” del cuerpo.”, Es decir lo que informa y hace viviente y existente al hombre completo. Por eso en el lenguaje corriente cuando decimos inanimado, sin ánima, sin alma, nos referimos a quien ha dejado de vivir corporalmente, a un cadáver. También la Fe nos enseña que cuando el hombre muere es porque le ha abandonado su alma, que volverá a unirse al cuerpo en la resurrección final.
Que el alma existe y es inmortal no sólo viene afirmado por la Fe cristiana, sino también por filósofos sobresalientes de la Antigüedad. Y, siendo inmortal el alma no puede morir en cuanto a su ser. Pero en otro sentido podemos tener el alma vivificada o mortecina. Existen nieblas o cataratas espirituales que hacen que nuestra visión espiritual pueda verse opacada. Y hay quien no se apercibe, ofuscados por un culto idolátrico a su cuerpo, de la vida de su alma. Nuestra sensibilidad espiritual puede estar adormecida o anestesiada.
Así, cuando ante un paisaje hermosísimo, el mar inmenso o el amanecer multicolor nuestra alma se extasía y alaba espontáneamente a Dios que resplandece en tales maravillas, puede suceder que otros sólo perciban la materialidad de la Naturaleza sin elevar su espíritu a contemplarla con asombro extasiado y reverente.
Pero si con el adecuado colirio de los ojos interiores sanamos nuestro corazón y nuestra vista espiritual, y acabamos con esas cataratas que entenebrecían nuestra visión trascendente, abriremos nuestra alma a la luz del Dios rico en bondad y misericordia.
Hay quien aduce que el alma no existe porque no la vemos. Otro tanto podría decirse del aire que tampoco vemos. Pero sabemos que existe por su movimiento, por el viento que refresca o azota nuestra frente; y por su ausencia ya que si no podemos respirar nos ahogamos. Análogamente captamos el alma por su movimiento, por nuestros sentimientos e ideas elevados. Y por su carencia, ya que cuando el alma abandona el cuerpo, éste se vuelve inanimado, se convierte en cadáver.
Y, así como nos afanamos en conservar la vida de nuestro cuerpo y su salud, así debemos cuidar la vida y salud de nuestra alma, cultivando sentimientos y acciones que la ennoblecen y evitando pensamientos y situaciones que la degradan.
Javier Garralda Alonso



