Superficialmente, podemos decir que los culpables de la muerte de Cristo son las autoridades judías y romanas de su época: Pilatos, procurador romano, fue instigado por las autoridades judías para que condenara a muerte a Jesús, ya que los judíos no estaban autorizados para condenar a muerte por su dependencia de la autoridad romana invasora. Pilatos buscó diversos expedientes para evitar esa condena, ya que consideró inocente a Jesús. Pero, finalmente cedió a las presiones de las autoridades judías y lo condenó a muerte de cruz.
Pero Jesús ofrecía voluntariamente su vida para rescatar y salvar a todos los pecadores. En el Credo profesamos: “Por nuestra causa fue crucificado”. Y, al decir “nuestra” nos referimos a todos nosotros, pecadores en mayor o menor grado. Así que todos fuimos causa, ocasionamos, la Pasión y Muerte de Jesús. Y si sólo existiera yo (cada uno de nosotros), Cristo hubiera querido padecer lo mismo, para salvarme únicamente a mí.
En el Evangelio Jesús habla de que Él entrega voluntariamente su vida. Y, siendo Dios, es evidente que sin su libre voluntad nadie hubiera podido obligarle a padecer y morir.
Así, más allá de los causantes directos, autoridades judías y romanas, todos nosotros con nuestros pecados hemos crucificado a Cristo. Y, como para Dios todo está presente, en su eternidad fuera del tiempo, nosotros estábamos presentes, con nuestras miserias, ante la mirada del Señor, en el momento de su agonía.
¿Entonces, vernos culpables equivale a que pese sobre nosotros una pesada losa de remordimientos? Aunque en algún sentido podamos vivirlo así, el sentimiento predominante ha de ser de paz y de alegría, puesto que Jesús con su padecer nos obtuvo nuestro perdón, nuestra salvación, siempre que nos arrepintamos sinceramente y queramos reparar el dolor que le causamos.
De modo, que hemos de rebosar de alegría y de agradecimiento a Cristo que nos alcanzó la paz y que exclama desde la cruz, dirigiéndose a su Padre celestial: “¡Perdónales porque no saben lo que hacen!”
Existe el crimen y el pecado, pero Dios saca bienes del mismo mal: el hacer brillar su amor inconcebible y su misericordia infinita. No es que el crimen y el pecado no existan, pero si acogemos el sacrificio del Señor, su sangre preciosa borra nuestros delitos. Así los ejecutores materiales cometieron un auténtico y terrible crimen, pero si acogemos, y aun acogen, el sacrificio de Cristo, que es voluntario, ya que nadie puede imponer nada a Dios, es fuente de misericordia para todos los pecadores.
Hagamos la observación de que hay que rechazar la idea de que los judíos incurrieron en responsabilidad colectiva, ya que la Virgen, los apóstoles y muchos primeros cristianos eran judíos.
Ante el Dios eterno están presentes, como si fuera hoy, no sólo todos nuestros pecados, sino también el consuelo que le proporcionamos cuando nos arrepentimos de corazón. Ya que el mayor dolor de Jesús es el que alguien no aproveche el derramamiento salvador de su sangre; lo que más le hace exclamar a Jesús, en su agonía en el huerto de los Olivos: “¡Padre, si es posible que pase de Mí este cáliz!” es el contemplar a personas que rechazarán su sacrificio salvador y morirán en su pecado.
Javier Garralda Alonso
