Si a un ciego de nacimiento le explicamos que existen los colores, nos puede contradecir: “Yo no los he notado nunca. No existen”. Lo mismo puede suceder a quien no goce de sensibilidad espiritual, que sea ciego en esa dimensión. Le podemos referir casos de bondad humana que rebasan lo meramente material, y puede contestarnos: “Yo no lo siento. No existen”.

No pocas veces estos ciegos en sensibilidad para los hechos del espíritu, son sacudidos por una luz extraordinaria y comienzan a ver. Tomemos el caso de André Frossard, quien desde su educación y mentalidad completamente ateas, como era de esperar siendo hijo de quien fue secretario general del partido comunista francés, y, a sus veinte años, nunca se había planteado el “problema” de Dios. Y a quien sucedió que en un cielo despejado le cayó una copiosa lluvia: En efecto, al entrar en una iglesia de París siendo totalmente ateo, salió al cabo de cinco minutos siendo de creencias católico. (Libro de André Frossard, “Dios existe. Yo me lo encontré”).

Y muchos son quienes tras una experiencia más o menos extraordinaria se abren a la sensibilidad espiritual y a la fe. Sucede como a quien tiene en sus ojos espirituales cataratas y quitadas éstas, comienzan a ver bien. Y pueden decir: “Rompiste, Señor, mi sordera y sanaste mi ceguera”. Entonces comprueban que se han producido hechos que, innegablemente, responden a una realidad que desafía la mera materia o la simple psicología de sus protagonistas.

Sirvan como ejemplo, lo sucedido a los niños de corta edad que protagonizaron las apariciones de la Virgen en Fátima, y que fueron conminados a revelar un secreto confiado por la Virgen, bajo la amenaza de ser freídos vivos en una gran sartén. Y estos niños, pese a que creían que la amenaza de esa autoridad inhumana era real, y que ya pensaban que habían muerto los que les habían precedido en el interrogatorio individual, no revelaron el secreto confiado. Ahora bien, que unos pequeños niños lleguen a tal grado de heroísmo no tiene explicación natural.

Otro caso, éste de desafío al instinto natural de conservación, es el de Maximiliano Kolbe, sacerdote polaco, que en un campo de concentración quiso ofrecer su vida a cambio de salvar la de un padre de muchos hijos.

No nos debe extrañar que los que carecen de sensibilidad espiritual, desestimen estos y otros casos similares. Cuando caigan sus cataratas espirituales, comenzarán a ver y se dirán: ¿cómo pude estar tan obnubilado, tan ciego?

En el caso de que se haya sido alcanzado por esa luz tan vívida que hemos comentado puede ser que más adelante se pase por momentos de oscuridad en que casi se olvida la luz que se experimentó. Se trata de una pedagogía divina para que se ejercite la virtud de la fe en la penumbra y que es ocasión de un crecimiento espiritual. Aunque siempre quedará el recuerdo de que hubo un antes y un después en su vida sobrenatural. Lo mismo sucede a los favorecidos por gracias extraordinarias, como pueden ser apariciones sobrenaturales, y que terminadas éstas tienen que ejercer la fe normal, lejos de auxilios especiales.

La razón y las evidencias científicas pueden ayudar a confirmar y asegurar las intuiciones que son una semilla de sensibilidad espiritual. Aunque nunca pueden sustituir a ésta, ya que razón y ciencia pueden resultar baldíos sin un atisbo de aceptación de la misma. Y es que, por intensa que sea la luz, sin una libre, aunque sea mínima, apertura a la sensibilidad espiritual difícilmente se verá. Y es que frente a la luz podemos cerrar los ojos, con lo que permaneceremos en las sombras. Ya se dice que no hay peor ciego que el que se niega a ver. Basta un resquicio de apertura, pero si no se da, es difícil admitir la luz.  

Además de un componente de libertad, la sensibilidad a la luz del espíritu trasciende a la mera razón, aunque no la contradice y puede apoyarse en ella, ya que la razón es un camino hacia la luz. Y, para comprobar que la sabiduría verdadera no se reduce a la mera razón basten las palabras de San Pablo: (1Cor 2, 1-5) “Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros, me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado (…) mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.

Javier Garralda Alonso