(Dentro de “El hombre en busca de sentido”- Viktor Frankl, Barcelona 2024) En el libro que así se titula el psiquiatra austríaco Viktor Frankl nos proporciona un testimonio de la tragedia vivida personalmente, doblado por el testimonio de su relativa distancia como psicólogo que puede ayudar a quien se encara con grandes sufrimientos. Es difícil que nos toque arrostrar literalmente un terrible campo de concentración físico, con su desusado padecer corporal y psicológico, pero no pocas personas arrastran un auténtico campo de concentración interior, con grave penar psicológico y a éstos también puede ayudar este breve libro, que últimamente se ha popularizado, al menos en España.
No debemos ver al autor como un hombre distinto de lo común. Pues si bien hay rasgos heroicos en su vida, también se presentan momentos de hundimiento. Entre los primeros, antes de verse internado en el campo nazi, tiene la `posibilidad de huir al extranjero, pero la desecha por no abandonar a sus padres. O cuando – ya en el campo – parece inminente su traslado al fatal horno crematorio y no hace nada por evitarlo, abandonándose a un destino que él considera sabio.
Pero también experimenta graves momentos de hundimiento, empezando por su primera juventud teñida de nihilismo, o ya en el terrible campo de Auschwitz se deja invadir por una insidiosa desesperanza, de la que le recobra el hablar con un amigo. O, después de su liberación, cuando una crisis externa e interna, sin familia, sin trabajo… le lleva al borde del sin sentido. Pero se rehace y vuelve a vivir con plenitud, publica el libro que tiene en mente, se casa felizmente y al final triunfa como siquiatra.
Nos cuenta cómo pudo superar los terribles sufrimientos que tuvo que atravesar, no sólo a nivel de teoría, sino en su experiencia vivida. Viktor Frankl, por su experiencia, se niega a admitir las teorías psicológicas deterministas que inducirían a pensar que el hombre es un ser inevitablemente determinado por su entorno. Sino que por lo que él ha vivido “el hombre mantiene su capacidad de elección” “puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en terribles estados…” (P. 95) (…) “muchas veces, las circunstancias adversas (…) otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente” (P101) . Y si el hombre tiene un sentido para su vida es capaz de tolerar los mayores dolores.
Sin ello, la persona acababa (muchos presos del campo) por perder sus principios morales (Cfr. Pgs. 80-81) “Sin un supremo esfuerzo por conservar la dignidad, terminaba el prisionero por perder la conciencia de su individualidad”, llegando a vivir como animales.
Tras su liberación arrastraba serias heridas interiores debidas a las atrocidades sufridas. Pero decide escribirlas y comenta que este ejercicio “limpió de su intimidad hasta la más mínima mota de rencor o resentimiento”, y así pudo enfocar una nueva vida.
Lo esencial en la experiencia y concepción psicológica de Viktor Frankl es buscar un sentido a la vida que trasciende incluso los más duros padecimientos. Él personalmente lo halló en el vívido recuerdo de su mujer. Cuando bordea la muerte, y a modo de testamento, le encomienda a un amigo que transmita a su esposa: “el breve tiempo de felicidad de nuestro matrimonio me ha compensado de todo, incluso del sufrimiento que aquí hemos tenido que soportar” (P. 86). También experimenta una paz interior que nunca había sentido cuando decide no aprovechar una ocasión de fuga por no dejar sin atención a unos enfermos. (P. 89).
Y nos dice: “Si hay un sentido en la vida, entonces debe haber un sentido en el sufrimiento”. Y en la página 112 nos habla de un compañero que, “al ingresar en el campo se había ofrecido al Cielo para que su sufrimiento y su muerte liberaran de un doloroso final al ser que amaba. Para ese hombre el sufrimiento y la muerte tenían un sentido, su sacrificio poseía el significado más profundo. No quería morir en vano, ninguno de nosotros lo queríamos”.
Y hacia el final del libro nos ofrece esta reflexión: “¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es quien ha inventado las cámaras de gas, pero también el que ha entrado en ellas con paso firme, musitando una oración” (P. 115)
Después de la liberación casi no sienten alegría, tan traumados siguen tras su doloroso cautiverio. Pero en un momento dado, ante la naturaleza, libre por fin, nos cuenta cómo recobra la paz (P. 119): “Caí de rodillas (…) En aquel momento yo sabía muy poco de mí y del mundo, no tenía sino una única frase en mi cabeza: “En la angustia clamé al Señor y Él me contestó desde el espacio en libertad”. No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí, de rodillas, repitiendo mi jaculatoria. Pero estoy seguro de que aquel día, en aquel instante, mi vida comenzó de nuevo”.
Javier Garralda Alonso
Nota de la Redacción
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