En el mensaje “Urbi et Orbi” de Navidad de este año, 2025, el Papa León XIV nos ha obsequiado con unas palabras lúcidas y sobrecogedoras: Dice así “(Él) nos mostró lo que sólo nosotros podemos hacer, es decir, asumir cada uno nuestra parte de responsabilidad. Sí, porque Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros (Cf. San Agustín, sermón 169, 11.13). Es decir, sin nuestra libre voluntad de amar. Quien no ama no se salva, está perdido. Y quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve (1 Juan 4, 20)”.
Y Dios no nos fuerza a amarle (difícilmente puede concebirse que alguien ame a la fuerza, sin libertad, no sería verdadero amor). Y “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan, 4, 8). “Dios es amor” y si no hablamos el lenguaje de Dios (el amor) Él no nos escucha. Claro que, con humildad, podemos pedirle – voluntariamente – que nos enseñe a amar, o que aumente nuestro pobre amor, y Él, si somos humildes, nos lo concederá.
Por otra parte, la piedra de toque del amor a Dios, y es misericordia, es el amor a los demás hombres, “El que ama a su hermano está en la luz” (1 Juan 2, 10). Pero si rechazamos la gracia divina podemos no salvarnos. De esta terrible realidad se hizo eco San Juan Pablo II cuando hizo suyas las palabras de la Virgen en Fátima a los tres pastorcitos: “Orad y haced sacrificios por los pecadores, porque son muchos los que van al infierno porque no hay quien ore y se sacrifique por ellos”.
Y Benedicto XVI en la encíclica “Spe Salvi” deja clara la posibilidad de condenación eterna. Lo cual explayó el 7 de febrero de 2008 a pregunta de un religioso: “Cuando no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la necesidad de la purificación” “Actualmente se suele pensar: “¿qué es el pecado? Dios es grande, nos conoce, así que el pecado no cuenta, al final Dios será bueno con todos”. “Es una bella esperanza. Pero existe la justicia y existe la verdadera culpa”. “He intentado decir: Tal vez no son muchos (…) los que no tienen en sí mismos una mínima capacidad de amar. Esto sería el infierno” Sin amor no hay Dios y la ausencia de Dios sería lo más doloroso del infierno.
La posibilidad de un fracaso total de nuestra vida espiritual ha acuciado desde siempre a los mejores de nosotros, a los santos, conocidos o desconocidos, a orar e inmolarse por quienes—muchos de nosotros – corren, corremos, el riesgo de no salvarse, de no salvarnos. Sirva de ejemplo Santa Teresita del Niño Jesús, que en carta a su hermana Celina (14 de julio de 1889) escribe: “Celina durante los “cortos instantes” que “nos quedan” no perdamos el tiempo…, salvemos almas…” “las almas se pierden como copos de nieve; y Jesús llora, y nosotras pensamos en nuestro dolor, sin consolar a nuestro prometido…Sí, Celina, vivamos para las almas…seamos apóstoles…”
Pero si creyéramos que las almas están automáticamente salvadas ¿qué sentido tendría esa vida de oración e inmolación? Por otra parte, el amor se traduce en obras, “obras son amores y no buenas razones” dice el refrán. Y la manera más certera de amar a Dios es amar con obras a nuestros hermanos: De lo hecho al más pequeño, dice Jesús, “a Mí me lo hicisteis”. Y es misericordia insondable que Dios se identifique con los hermanos visibles y así nos permita amarle más fácilmente.
Javier Garralda Alonso
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LA HUMILDAD DE DIOS
Nos centramos en torno a la homilía en la misa de Nochebuena del Papa León XIV en este año 2025: “tanto te oprimió la soberbia humana, que sólo la humildad divina te podía levantar”. (San Agustín, Sermo in Natale Domini 188, III, 3). Nuestra soberbia nos aleja de la paz, de la verdadera felicidad. Y es, o era, tan grave nuestra soberbia que nos ciega, o nos cegaba. Pero “nunca el hombre es tan grande como cuando se postra de rodillas”. La verdadera grandeza es la del alma que reconoce su nada y todo lo espera de la Bondad Divina, a la que reconoce finalmente, es la del alma humilde.
Y el hombre cae una y otra vez en un ridículo endiosamiento. ¿Y cómo responde a ello Nuestro Señor?: Citemos de la misma homilía: “Mientras el hombre quiere convertirse en Dios para dominar al prójimo, Dios quiere convertirse en hombre, para liberarnos de toda esclavitud”. Dios nos da así una prueba de su sublime amor, realidad divina contra la que se estrellan todos los discursos vacíos. El que merece infinita alabanza se somete a poder ser despreciado, malherido y muerto. El que puede con un soplo aniquilar todo poder, se humilla a obedecer, y todo ello para ganar nuestro corazón, tantas veces torcido e infatuado.
Dios llega a tanto en su infinito y “loco” amor, que incluso nos da ejemplo de humildad: El, que no cabe ni en los Cielos de los Cielos, se hace niño indefenso para hablar a nuestra alma. Y para que comprendamos que la felicidad del hombre va pareja a su humildad. Pues la humildad es la verdad y reconocer la propia pequeñez, e incluso miseria, al tiempo que la insondable misericordia divina, es estar en la verdad. Y en la verdad de nuestro ser está la satisfacción de nuestra naturaleza, la felicidad de estar en armonía con nosotros mismos. Reconocer a Dios como ser todopoderoso y lleno de misericordia, nos llena de paz; necesitamos un Padre celestial y éste existe y nos acompaña en el camino de la vida, y esto nos hace sentir una alegría interior que el mundo no puede dar. Así, Dios al llamarnos a la humildad con su ejemplo, no busca sino nuestra felicidad verdadera. Obedecerle es caminar por un camino estrecho, pero en el que ya gustamos de la felicidad anticipada del mañana celestial.
Cuando, desde nuestra pequeñez alabamos a Dios, no mejora en nada Dios mismo, ya que nada podemos añadir a su infinita grandeza, sino que somos nosotros quienes somos más felices. Por eso Dios desea que le alabemos, y que seamos humildes, porque busca nuestra felicidad: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti” (San Agustín, “Confesiones”) “¡Tanto has elevado, Señor, el corazón del hombre, haciéndolo digno de un tan alto amor! ¡lo hiciste tan elevado, Señor, y tan sublime, que sólo tu grandeza puede llenarlo!” (Beato Pere Tarrés, “Mi Diario de guerra”, 1989, pág. 98).
Así también es humildad reconocer que Dios ha hecho nuestra alma tan maravillosa, tan grande, que su salvación ha costado la muerte de Dios. Pero hemos de saber dónde radica nuestra verdadera grandeza. Y nada mejor que beber en la fuente de un Dios humilde.
Hablando de le humildad divina, dice Jesús en una popular revelación privada: “¡Mis humildades! Piensa en mis nacimientos: – Nacimiento del seno del Padre, en el Incognoscible. – Nacimiento del seno de una virgen, en la pobreza. – Nacimiento del seno del sepulcro, en la oscuridad. – Nacimiento en la Eucaristía, en la sumisión a la palabra de un hombre”. (“Él y yo”- Gabrielle Bossis, p- 312)
Nunca como en su humillación, en su humildad, es tan digno Dios de toda adoración y amor.
Javier Garralda Alonso


