Ante esta rica encíclica, centrada en las repercusiones de la Inteligencia Artificial en la vida económica, social y moral, y ante las numerosísimas facetas abordadas nos limitaremos a dos temas que nos parecen especialmente estimulantes: la insuficiencia del mercado por sí solo, con el ejemplo del salario justo. Y, en segundo lugar, la necesaria corrección a la Inteligencia Artificial de sus riesgos respecto a unos puestos de trabajo, abundantes, dignos y de calidad.

Respecto a la insuficiencia del mercado como único determinante del salario justo nos remitimos a un antecesor destacado, León XIII, que en Rerum Novarum, (nº 131) nos dice: “Si el trabajador “obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un mal mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición más dura, porque se la impone el patrono o el empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra la cual clama la justicia”. En efecto, se dice, a veces, que nadie acepta voluntariamente una injusticia y que por tanto si un contrato laboral es acordado libremente por las dos partes, ya es, por eso mismo, justo y el monto del salario fijado por el libre mercado sería siempre justo. Pero, si un trabajador se enfrenta a la elección de un salario de miseria o bien morirse de hambre, aceptará el salario de miseria, a primera vista “libremente”, pero, en realidad acuciado por la necesidad de vivir. Ya dice el Catecismo, nº 2434: “El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente la cuantía del salario.”

La encíclica del actual Papa, León XIV, recoge esta idea indirectamente cuando nos dice, “Magnifica Humanitas”, nº 61: “Es una ilusión pensar que sea suficiente con buscar el propio progreso, para contribuir al bien de todos, sin tener que preocuparse realmente de los demás”. En nuestro caso buscar el propio beneficio máximo, sin pensar en dar el salario justo, que no será el mismo que aquél que hace máximo el beneficio, y sin preocuparse del obrero tratado injustamente. Y, en el nº 163: “En la época de la Inteligencia Artificial y la robótica ya no es posible confiar únicamente en la “mano invisible” del mercado.”. Es decir, no se puede confiar en la eficacia moral del libre mercado por sí mismo, como si la búsqueda egoísta de los actores económicos asegurara automáticamente el bienestar y la justicia para todos sin tenerse que preocupar por los más vulnerables. Además, sería sospechoso moralmente que la justicia, que exige esfuerzo y sacrificio como virtud, se alcanzara simplemente siendo egoísta.

No se trata de demonizar el mercado libre que cumple su papel de canalizar iniciativas y creatividad individuales, sino de no idolatrarlo, remediando sus imperfecciones y carencias. El papel del Estado y de la recta política sigue siendo necesario para remediar las insuficiencias de la espontaneidad de los actores económicos, aunque, a su vez, hay que evitar también idolatrarlo: “La política debe orientar hacia el bien común” (nº 163). Bien común que no viene garantizado por el mero automatismo de la competencia. Y en el nº 158 leemos: “Una verdadera libertad económica requiere un Estado presente e instituciones civiles capaces de superar la mera lógica de la eficiencia…orientando a favor de los más vulnerables”. Y nos dice también que no hay que refugiarse en el sofisma del “al final llegará la riqueza a los pobres” (nº 156) como se pretende justificando el abandono de los más débiles al solo mercado.

El segundo tema versa sobre cómo puede afectar la Inteligencia Artificial a los puestos de trabajo, a su número, dignidad y calidad: La tecnología (IA) debe orientarse a “liberar tiempo y capacidad humanas, no a generar exclusión” (nº 156) “se necesita responsabilidad empresarial que incluya la calidad y dignidad del trabajo entre los indicadores de éxito”. El éxito del empresario que busca cumplir con la función social de su propiedad no debe limitarse exclusivamente a su beneficio, aunque se precise un mínimo para la propia supervivencia de la empresa, sino que su programación del máximo éxito, ayudada quizá por la propia Inteligencia Artificial, debe incluir una ponderación positiva de su eficiencia en generar puestos de trabajo, así como de su dignidad y calidad. “Cuando se dan estas condiciones la innovación (IA) puede convertirse en aliada de un trabajo más seguro, más creativo y más digno, cuando faltan tiende a transformarse en una aceleración del paradigma tecnocrático (de la injusticia)” (nº 156; ver también nº 157)

En suma, toca a la libertad del ser humano y de la sociedad elegir que la Inteligencia Artificial construya una comunidad, comunión, mejor, si se guía por la presencia de Dios y el bien de los más frágiles (reconstrucción de Jerusalén por Nehemías), o, por el contrario, si reina un afán de dominio y egoísmo en una nueva torre de Babel (nº 90 y ss.). Pablo VI decía que “los progresos científicos más extraordinarios (…), si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre” (Magnifica Humanitas, nº 94)

Javier Garralda Alonso

Pope Leo on God, man and IA – F.I.A.M.C.