Dr. José Israel León Pedroza
En mayo de 2026, el papa León XIV presentó su primera encíclica: Magnifica Humanitas. El título, que describe a la humanidad con un adjetivo peculiar -magnífica-, delata más el contenido que la parte del subtítulo que hace alusión a la Inteligencia Artificial. Aunque muchas lecturas se han empezado ya a hacer desde distintos ámbitos, yo quiero aportar mis primeras ideas preliminares desde la perspectiva de la medicina y las ciencias que abordan el cuidado de la salud, desarrollando estrategias para conocer, detectar, transformar padecimientos y enfermedades y que actúan al lado de las personas para que conserven, mejoren o recuperen la salud y el bienestar.
El nombre de la encíclica, magnífica humanidad, resuena de una forma particular en el corazón de una persona que se dedica a comprender y ayudar a las personas en su dimensión primariamente biológica. No hay otra palabra que pueda brotar de la mente cuando uno estudia al sistema inmunológico, al sistema neurológico o a básicamente cualquier componente del cuerpo humano, más que un admirado y casi contemplativo: “¡Magnífico!”. Por otro lado, año tras año, aparecen nuevas tecnologías que también se nos antojan asombrosas en nuestro estudio del cuerpo humano. Los estudios bioquímicos, genéticos o moleculares arrojan una asombrosa cantidad de información. La capacidad de ver el cuerpo mediante imágenes médicas ha llegado a un nivel de detalle con capacidad micrométrica. Millones de datos pueden obtenerse de una sola persona mediante tecnología médica invasiva o no invasiva en un tiempo brevísimo. Y en medio de toda esta tecnología, surge ahora la inteligencia artificial, un avance que promete analizar millones de variables, para predecir miles de posibles trayectorias y modelar el efecto de centenares de tratamientos y combinaciones para elegir el mejor para cada paciente.
Con toda esta tecnología, hoy pareciera que los diagnósticos son más rápidos y certeros; los tratamientos, más eficaces y precisos. Las cirugías son menos cruentas y la tecnología nos promete casi de forma palpable retrasar cualquier deterioro en la salud, restituir o sustituir cualquier elemento dañado de nuestro cuerpos. Pero Leon XIV nos recuerda que toda esta asombrosa tecnología no es el progreso en sí misma. “El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (MH 15). Particularmente en ciencias de la salud hemos sido testigos de que este progreso de las últimas décadas ha venido acompañado de un traslado del centro de gravedad de la atención clínica: ya no es el centro la persona; ahora, es el dato; ya no la experiencia biográfica; ahora, el resultado técnico. Hemos migrado de la persona al caso y del caso, a la casuística. Hemos dejado de escuchar a alguien que se sienta frente a nosotros para buscar solamente un ‘algo’, una enfermedad a la cual ponerle nombre.
Y no es que esté mal la ciencia o la tecnología. “La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, ésta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza” (MH 9). La medicina científica se empobrece si olvida que el dato clínico es mediación, no destino. La IA puede mejorar diagnóstico, estratificación de riesgo y decisiones terapéuticas, pero si la historia biográfica se vuelve ruido estadístico, la persona queda reducida a vector de variables, lo cual es incompatible con su propia dignidad. En salud, una innovación no debería llamarse progreso solo porque aumenta la precisión, reduce tiempos o multiplica datos. Solo es genuino progreso cuando permite cuidar mejor, escuchar mejor, acompañar mejor y extender sus beneficios a la totalidad de la humanidad. El papa denuncia que “los avances científicos y tecnológicos, incluso en el ámbito médico, no son fácilmente accesibles para la gran mayoría de la población” (MH 161) y esto nos debe interpelar para luchar contra la injusticia estructural que representa el acceso diferenciado, dejando a la población más vulnerable aún más desprotegida.
Hoy el paradigma de la atención médica se basa en el contrato entre prestadores de servicios y clientes, en la mercantilización del acto médico y en realizar estudios y dar tratamientos. Es un reflejo del paradigma tecnocrático, “la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas” (MH92). Estamos en un sistema de atención médica que refleja una lógica del dominio, donde el otro no importa realmente, es solo un engranaje del proceso. “Así se manifiesta con mayor evidencia que la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz” (MH 92).
Este sistema que ha perdido la dimensión relacional ha convertido a los padecientes que buscaban alivio, consuelo y acompañamiento, en clientes que demandan una mejora. Pareciera que los centros de atención han dejado de ser lugares de encuentro y ayuda, para convertirse en una maquinaria para ajustar tuercas, maximizar utilidades y vender un sueño que niega las limitaciones. El problema no es que exista un contrato entre médico, institución y paciente. El problema es que ese contrato absorba toda la relación y convierta el acto médico en una transacción cerrada entre prestador y cliente. Entonces la salud deja de aparecer como bien común y se reduce a mercancía disponible para quien puede pagarla, reclamarla o judicializarla.
Los profesionales de la salud de hoy estamos llamados a trabajar en una medicina que no trate a las personas como si fueran máquinas reparables o descartables. Que reconozca la dignidad de todos y que sea inclusiva (justo lo contrario a la exclusividad casi esnob de algunos centros de atención clínica). Que busque genuinamente el bien común y que sea consciente de sus impactos ambientales para no hacer más daño a la casa común (cf. MH 163). Y que en cada encuentro, estando sanos o enfermos, siendo pacientes o profesionistas, en cada comunidad, consultorio, clínica, hospital o ambulancia, en cada interacción, en cada pase de visita, en el diálogo entre personas de diferentes profesiones, jerarquías, o años de experiencia, en nuestra forma de convivir y enseñar a los futuros médicos o especialistas, estudiantes o residentes, seamos, de verdad, artífices de esa “construcción más lenta, menos visible y menos llamativa, que espera ser mejor comprendida y más coordinada, para convertirse así en el compromiso consciente y articulado de cada comunidad (…) al que damos el nombre de ‘civilización del amor’” (MH 185).

