Perfilemos la ambivalencia moral de la Inteligencia Artificial IA), por ejemplo, en el campo médico: Puede ayudar a facilitar con precisión y rapidez un exhaustivo diagnóstico. Pero también puede usarse para fabricar armas biológicas, tal como alertaron tres CEOS de las más importantes empresas de IA (Ver “La Razón”, 12-6-2026, p. 74). Es decir, puede estar al servicio de la vida, facilitando un tratamiento eficaz de diversas enfermedades. Pero puede estar al servicio de la muerte, creando terribles armas.
“Magnifica Humanitas” nos viene a decir en su Nº 100: “La impresión de objetividad de las respuestas y propuestas de la IA, pueden hacernos olvidar que tales respuestas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos” (Cfr. Nº 100). La presencia de determinados criterios morales, o su ausencia, depende del programador y de su alimentación por personas concretas. La máquina es incapaz de tener criterios morales. Por ejemplo, se puede introducir subrepticiamente un descarte de los más débiles, revestido de neutralidad (nº 103). Se puede contribuir a hacer más eficaz la lucha contra el hambre. O se puede programar para hacer disminuir la población de países vulnerables.
Se pueden apreciar – dependiendo de quien alimenta la IA concreta — respuestas con un elevado y consistente nivel espiritual. O bien, se puede llegar a la aberración de una IA que aconseja a un joven que se suicide. Reflejando ya sea la altura de espíritu o por el contrario el relativismo moral e inhumanidad, de su adiestrador. Puede ayudar a búsquedas históricas exhaustivas o puede falsear los datos históricos con un sesgo introducido sin duda por las fuentes personales de su adiestramiento y alimentación. Las innovaciones tecnológicas, incluida la IA, no son neutrales (nº 85): Tampoco tienen una conciencia moral. No juzgan el mal y el bien, no captan el sentido último de las situaciones, ni asumen el peso de las consecuencias (nº 99).
Un aspecto muy preocupante, y que el Papa aborda ampliamente, es el posible uso de la IA en la actividad bélica. Nos alerta el Papa de la posible aparición de armas con autonomía operativa, de modo que desencadenen acciones letales sin intervención humana directa. Aunque siempre serán responsables quienes las hayan programado o hayan ordenado programarlas. Dice el Papa que no es licito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o irreversibles (nº 197) Y exige que siempre se pueda trazar una responsabilidad de unas personas concretas. Por otra parte, no existe un algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable (nº 198). No liberan al conflicto de su intrínseca inhumanidad. El Papa ve con desconfianza la noción de “guerra justa”, aunque puntualiza: “sin perjuicio de la legítima defensa”, que, a su vez, debe reunir exigentes condiciones (Ver nº 192). (Parece ser que Europa ha decidido respetar la prohibición de usar sistemas autónomos para ataques letales, sin un ser humano en el bucle de la decisión). (“La Razón, 12-6-2026), p. 74))
Respecto a la educación de los jóvenes en el uso de tecnología innovadora, incluida la IA, nos dice el Papa León XIV: “Educar a las nuevas generaciones para que logren creer que la evolución de las tecnologías no sigue un camino inevitable, sino que puede estar orientada por la responsabilidad personal y colectiva, constituye uno de los servicios más valiosos al bien común” (nº 238).
Y concluye la encíclica “Magnifica humanitas” con un toque de esperanza (nº 245): “En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas; el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta para cada época la posibilidad de convertirse en historia de salvación a la luz de la Encarnación. Encomiendo este deseo a la Madre de Cristo, a la mujer del Magnificat, para que acompañe nuestros pasos en el presente y custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”.
Javier Garralda Alonso
