Un dilema bioético frecuente en la praxis de la salud mental está relacionado al marco de referencia teórico con el que cuenta el profesional actuante y se vincula principalmente con la práctica de la psicoterapia.

Cuando hablamos del marco teórico nos referimos a las corrientes psicodinámicas (psicoanálisis), cognitivo-conductuales, y abordajes de tipo vivencial (como la bioenergética o la terapia gestaltica); entre muchos otros. Ya en 1987 en los Estados Unidos de Norteamérica se practicaban más de 200 tipos diferentes de psicoterapia, cifra que indudablemente ha de haberse incrementado en estos últimos 30 años. Se sabe que prácticamente cualquier forma de psicoterapia es efectiva para aliviar el dolor emocional, aunque hay evidencias significativas que ciertas formas de psicoterapia son más eficaces que otras para determinados problemas psíquicos (como por ejemplo la terapia cognitivo-conductual para el trastorno obsesivo-compulsivo).

Todo esto se vincula con el entrenamiento que los profesionales han adquirido luego de su graduación y a la posterior elección del abordaje teórico (con su capacitación correspondiente) que ha de implementar en su praxis habitual; y las necesidades y obligaciones individuales y personales que debe afrontar en la vida cotidiana cada profesional, lo cual puede llevarlo a atender en forma masiva e indiscriminada, con el consiguiente agotamiento y pérdida de efectividad.

Indudablemente el marco teórico condiciona el abordaje del paciente. Cuando éste tiene un buen andamiaje que lo sostiene, determina quiénes serán pasibles de beneficiarse con el mismo y quiénes no.

Sumado a esto, los pacientes se encuentran condicionados por sus seguros de salud o tipo de cobertura médica y se descubren sin margen para elegir libremente al profesional acorde a su malestar y con el cuál atenderse. De esta manera los pacientes son derivados a quienes tienen disponibilidad horaria para brindarles asistencia.

Y aún en esta era de internet y del conocimiento globalizado, en que los pacientes accedan y se informan respecto de su dificultad por estos medios, como es el caso de los buscadores (por ejemplo Google), resultas visto con cierto resquemor que el paciente solicite un terapeuta cognitivo porque padece, por ejemplo trastorno de pánico. Aparece entonces esta pregunta: ¿es lícito que los pacientes puedan determinar el abordaje más adecuado para implementar la terapia acorde a su patología?

Otro dilema bioético que surge en este punto es el de la autonomía del paciente.

Cuántos pacientes hemos recibido con trastorno de pánico con escasa mejoría luego de meses o años de terapia psicodinámica y sin soporte farmacológico porque de aplicarse este se solaparía el síntoma…? No tiene derecho el paciente a participar en la decisión de cuál será el abordaje a realizar, sea esta una terapia simple o combinada con medicación, ya que toda su persona está involucrada en el proceso…?

Este es un ejemplo del antiguo paternalismo mal entendido de la relación médico-paciente en el campo de la salud mental. Porque la paternidad se vincula con orientar y guiar, y algunas veces decidir por el otro cuando no puede hacerlo; o bien en otros casos en que delega explícitamente estas decisiones en el profesional.

Los profesionales no pueden decidir por el paciente, salvo en aquellos casos en que la integridad de su vida corra peligro, ya que sería poco ético mantenerse neutral frente a potenciales actos nocivos.

Y para finalizar: no existe la neutralidad del terapeuta.

El terapeuta siempre interviene, hable poco o mucho. Y todo el lenguaje no verbal habla por sí mismo, ya sea a través de gestos, posturas, actitudes, silencios. Y los pacientes perciben todo esto.

Pablo M. Pedemonte

Médico especialista en Clínica Médica y Psiquiatría.
Maestrando en Ética Biomédica (UCA) -Tesis en curso-
Profesor Visitante. Pontificia Universidad Católica Argentina “Santa María de los Buenos Aires”. Instituto de Ética Biomédica. Maestría en Ética Biomédica. Psiquiatría y Bioética III y IV.

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