Empecemos por dirigirnos a quienes, envueltos en conductas depravadas y abusando, especialmente, de menores, y más si son religiosos o sacerdotes, se deslizan a la fatalidad y a la desesperación: “Yo no tengo remedio”.

Y tomemos como ejemplo un caso, cuyo delito no parecería “tener perdón de Dios”. [Aunque el fragmento no viene en los Evangelios, su espíritu es creíble. Pertenece a la obra inicialmente titulada “El Hombre-Dios”, de María Valtorta (alma víctima y mística italiana del siglo XX), 1984, vol. 4º, págs. 598-599]

Habla este pecador con Jesús: “¡Oh! Mis crímenes no tienen nombre, no tengo sangre en mis manos…, pero sí he disfrutado de todas las miserias de las inocentes jovencitas de los derrotados, de las huérfanas, de las vendidas por un pedazo de pan. De todas ellas recogí dinero. He caminado por el mundo buscando estas ocasiones. Detrás de los ejércitos (…) y las convertí en mercancía infame, pero inocente: Infame porque de ella saqué dinero. Inocente, porque no conocían lo que era el horror. Señor, por mis manos pasaron la virginidad de jovenzuelas, el honor de jóvenes esposas, cuando las ciudades eran conquistadas. Mis negocios…mis lupanares eran célebres, Señor…No me maldigas ahora que sabes…”

“Jesús se levanta y se le acerca, le pone la mano en la espalda y le dice: ¡Es verdad! Tu crimen ha sido grande. Tienes mucho que reparar. Pero, Yo, la Misericordia, te aseguro que aunque fueras el mismo demonio y hubieras cometido todos los crímenes de la Tierra, si tú quieres puedes reparar todo y Dios te perdonará. Dios es muy grande, es como un padre. Si tú quieres une tu voluntad a la mía. También quiero que seas perdonado. Únete a Mí. Dame tu pobre corazón difamado, destruido, plagado de cicatrices y de abatimiento, después que dejaste el pecado. Lo pondré en mi corazón, donde pongo a los más grandes pecadores y lo llevaré conmigo al sacrificio redentor. La sangre más santa, la que manará de mi corazón (…) se esparcirá sobre las peores piltrafas humanas y las regenerará. Ten esperanza…, fundada en la misericordia de Dios, porque es ilimitada para quien en ella sabe confiar”.

Así, los mayores crímenes, si hay voluntad firme de reparar, pueden alcanzar perdón de Dios, cuya misericordia es infinita si uno quiere. La penitencia, que se pide a los culpables del crimen particularmente grave de los abusos a menores, ha de ser de por vida. Y lo que parece imposible de reparar, es posible del modo que sólo Dios conoce, con una vida sacrificada y recta y con el propósito firme de realizarlo. Y si uno quiere arrepentirse no se ha de caer en desesperación. Y ¿si el abusador no se arrepiente? Entonces le espera la terrible e inapelable justicia de Dios: “Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños. Más le valdría que le pusieran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar” (Lucas 17, 1-3). Y si puede escapar de la justicia humana no escapará de la justicia divina. Y, si el temor de Dios le acerca al arrepentimiento, bienvenido sea el santo temor.

Y ¿el sufrimiento de los inocentes? ¿cómo Dios lo permite? La única respuesta es ver a la Inocencia Infinita agonizando en la Cruz. A los inocentes esa compañía les puede dulcificar y confortar en sus sufrimientos. A quienes lo miramos desde afuera, sólo el misterio del padecimiento del máximo Inocente nos puede ayudar a comprender algo: Del sufrimiento de Cristo, la mayor tropelía de los siglos, nace el mayor bien de todos los tiempos, nuestra Redención. Dios sabe sacar los bienes del mismo mal, si no, no lo permitiría.

Javier Garralda Alonso