Movilizado en la terrible guerra civil en España (1935-1939), pudo sobrevivir a la persecución religiosa en el frente rojo gracias a ser médico. Los datos proceden de Mi Diario de Guerra del propio Pere Tarrés i Claret, traducción de 1987.
En su labor como médico militar afrontó dos tipos de tareas. Una, prevención y tratamiento con escasos medios de enfermedades que se propagan en colectividades hacinadas. Con el paludismo, sin apenas disponer de quinina; el tifus, cuyas vacunas eran rechazadas por algunos mandos; la sarna, sin pomada de Helmerich (azufre y carbonato potásico; un antiparasitario, antimicótico y queratolítico); o medidas mínimas de higiene En varias posiciones militares no se disponía de agua.
Otro capítulo de su azarosa atención médica tiene que ver con el aspecto más trágico de la guerra: Feroces combates con centenares de muertos y heridos, a quienes había que intervenir a vida o muerte, sin poder ni siquiera asegurar una mínima asepsia. Y a veces de noche a la luz de un candil que el viento apagaba. Así, en la cruenta batalla de Valadredo (Pallars Sobirà, Lleida), nos escribe sobre el número de bajas: “De los 500 sólo quedan 60” (P. 60-71). “Desde las 7 de la tarde hemos asistido a 285 heridos. Han quedado abandonados en el campo de batalla unos 50”. Y en la también mortífera batalla, de la Cabeza de Puente de Serós (enclave en el río Segre), (P. 212-215), escribe: “De un batallón quedaban sólo 126 hombres”.
Su desempeño abnegado le vale ser citado por el comisario en su informe como “el primero en el cumplimiento del deber” (p. 75). Y ello, a pesar de que todos sabían que era católico, lo que le situaba, en aquel ambiente, en la diana de una persecución verbal e incluso física.
En cuanto a su actitud anímica sobre la guerra, llama la atención que conserva su paz interior en medio del fragor de las armas, alabando al Señor por sus obras, contemplando la espléndida naturaleza: “El agua cae con fuerte batacazo, como dicen los campesinos. Lluvia y escarcha ¡bendecid al Señor! El murmullo del agua que cae es la única plegaria que se oye. Ella ha hecho enmudecer todas las otras voces de la naturaleza, incluso el hombre, con el bramido incesante de los cañones, se ha callado. Es la hora del agua que baja del cielo” “…la lluvia bienhechora y fecundante sazona la tierra y parece que haya traído la paz al corazón de los hombres, que más allá de la sierra, luchan entre sí” (Diario, p. 35).
Y sabe ver en tanto sufrimiento un sentido espiritual: “…creo que la sangre de tantas víctimas inocentes no será estéril para la salvación de la patria” (p. 227). Y él mismo se ofrece como víctima voluntaria (P. 138, 168). La guerra aparece como una ocasión de misericordia en medio de un castigo: “La guerra no es más que un castigo de la misericordiosa justicia de Dios” (P. 280).
Este aspecto de la permisión divina de la guerra como castigo viene anunciado en las apariciones de la Virgen en Fátima (Portugal) en el año 1917: “…la guerra va a terminar (la 1ª Guerra Mundial. Pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor” (que fue la 2ª Guerra Mundial) (La Virgen en Fátima, 3ª aparición, 13 de julio de 1917).
Aunque la Virgen no nos deja sin esperanza, ya que en nuestros días ha dicho: “La oración y el sacrificio (ayuno) pueden evitar desastres naturales y acabar con las guerras”.
Termino con una oración del beato doctor Pere Tarrés, elevada entre tiros y bombas: “¿Cuándo florecerá la flor blanca de la paz? (…) Madre mía, Señora de la Paz, tú que trajiste a Cristo al mundo, entre los cánticos de los ángeles, que anuncian la paz a los hombres de buena voluntad, ¡tráenos la paz! ¡Reina de la Paz, ruega por nosotros! Reina del Amor, de la dulzura, llena los corazones de los hombres del amor y la dulzura purísimos”, (Diario, p. 340)
Javier Garralda Alonso

