Hace poco el Papa León XIV dijo que el sacerdote tenía que ser “alter Christus”, otro Cristo. Y veremos cómo hizo suya la consigna un médico abnegado y competente, Pere Tarrés, que dio el salto del cuidado del cuerpo de sus pacientes al cuidado del alma de sus feligreses y fiel a una vocación tardía y, ordenado sacerdote, se entregó con todas sus fuerzas a su nuevo ministerio.
Y padeciendo en sus últimos tiempos una enfermedad dolorosa e irreversible, de la que falleció en 1950, comenta: “(28 de mayo: Fue un día de sufrimientos terribles) Hoy al celebrar me he sentido sacerdote de verdad, porque era oferente y víctima: ofrecía a la vez mis dolores. Que contento estoy de ser sacerdote. No comprendo al sacerdote, sino dándose enteramente y matándose por las almas. Ya sé que he sido criticado, incomprendido y mal interpretado, pero siempre he obrado con rectitud de intención”. (“Se ha de tener en cuenta que sabía lo que se decía de él: que no tocaba de pies a tierra, que no cuidaba su salud, que se estaba matando con su trabajo. Por eso hablará más de una vez de sus locuras”, por las almas.) (En página 199 de “Diario de Enfermedad” por Pere Tarrés, dentro de “Diarios íntimos”, Barcelona 2000)
Puede parecer que Tarrés, ya beato, pone el listón muy alto. Pero, como creo que Chesterton decía, hay que buscar lo imposible para lograr lo posible. Tarrés seguía la estela del Santo Cura de Ars que cada vez que celebraba la Eucaristía se ofrecía como sacrificio.
Cristo, el único Sumo Sacerdote se hace especialmente presente en el sacerdocio ministerial más allá del sacerdocio común de los fieles, pues el sacerdote ordenado está llamado a ofrecer su vida como otro Cristo. Y Cristo es Sacerdote, Profeta y Rey (1546 del Catecismo). De ahí que el sacerdote, participando de la misión del obispo, tenga las tres misiones de santificar, enseñar y gobernar (cfr. 1564, LG 28). Es decir, impartir y celebrar los sacramentos, enseñar a los fieles fe y moral y dirigir a sus hermanos. Siguiendo el Evangelio, la forma de gobernar a los fieles es sirviéndoles, lo mismo que Cristo “que no ha venido a ser servido, sino a servir” (cfr. 1558, 1120).
Pero el ministro ordenado no está, por esa su condición sublime, exento de pecado, pues continúa siendo hombre débil (1550). Mas, como se lee en una obra piadosa: “Cuando veamos algo reprobable en un sacerdote, preguntémonos primero si hemos rezado por él”.
Retomando la vida del Beato Pere Tarrés: Cuando se encuentra en el lecho de dolor se dirige a una fiel: “¿No está contenta de que el Buen Dios haya escogido como víctima al Consiliario de Sarriá (él mismo)?” “Ha de estarlo mucho, y aceptarlo con gozo, como yo lo acepto. ¿Por qué a mí tanta gracia?” (libro citado, p. 209) “¡Qué dulce es amar y amar sufriendo! Al principio este amar sufriendo puede parecer amargo, pero cuanto más se ama más dulce es. ¡Qué dulzura y qué paz!” (P. 208)
Tanta es la dignidad del sacerdote que está llamado a identificarse con Cristo y dar la vida por Él y por las almas, tal y como hizo el doctor Tarrés en su corto y fructífero sacerdocio. Y debemos tener un gran respeto por el sacerdote que está rigiéndonos, a nuestro servicio y rezar por él, ya que sigue siendo, como todos, un hombre débil. Y pensemos que cuando un sacerdote se salva, lleva consigo, en una mística red, a muchas almas.
Javier Garralda Alonso

